De los pies a la conciencia, la libélula cargó sus culpas.
Pasaba uno de los días más felices de vuelos fugaces por los mundos de otros.
Se topó con un abejorro, muy joven y vivaz, lo llevo a lugares desconocidos para un joven de su especie.
En poco tiempo se enorgulleció de mostrarle las cosas de la vida que llenan el alma de suspiros.
La libélula veía en el abejorro esa fuerza dicha de crecer y creer en uno y en la vida.
Olvido ella que es persistente la legendaria fuerza del destino.
Olvido ella que cada fruto debe caer solo, y al fin de su madurez.
Entre los arboles de bosque perdió a su compañero.
Quien enceguecido por la primavera del amor, llevo su vuelo a una mortífera trampa de araña.
Los siguientes atardeceres le trajeron soledad y resignación a la libélula,
Los inviernos la amigaron con la vejez, y la sabiduría le hizo entender:
“Morir en el ímpetu de la juventud, es un gran morir…”
1 Comentario(s)
RSS de los Comentarios Identificador URI de TrackBack


Vale, de acuero, lo tengo, creo – pero ?Realmente funcionara?